Escritos de autor

Empoderamiento y soberanía femenina. Mi experiencia



En mi experiencia, empoderarme no ha tenido que ver con inflar mi ego, o con volverme más dura y arrasar con el mundo y los demás que me rodean. Muy lejos de eso. Más bien ha sido un proceso progresivo de ir expandiéndome desde adentro y dejar que mi alma ocupe más espacio en mi cuerpo.

Ha significado atreverme a llorar todas las veces que lo he necesitado, permitirme la vulnerabilidad hasta la total rendición, hasta la total disolución de las corazas que me hacían dura por fuera. Ha sido temblar de miedo una y otra vez, hasta descubrir que soy parte de una historia que incluye heridas compartidas, que en esta oportunidad elegí experimentar como memorias, mías y de otros, entre mis carnes y en mi vientre, para liberarlas con decisión y compasión.

Ha sido aprender a escuchar mi voz más tenue, dejar que ese susurro se convierta en nitidez y tener el coraje de obedecerme. También la voluntad de perseverar por años en un trabajo interior para lograr hacer lo que quiero, la firmeza para sostener mis sueños y comprender que aunque no sea exacto, puedo ir acercándome a ellos e ir creando paso a paso lo que mi imaginación me muestra y lo que mi corazón reconoce como verdad para mí. Ha sido cuidar mi visión de niña, de un mundo fraterno y gentil. Aceptar que aunque no todos elijan eso, yo puedo seguir eligiéndolo. Volver a confiar en que hay más como yo, que también quieren eso y están dispuestos a hacerlo posible.

Ha significado aprender a distinguir y apartarme de lo que me lastima, desde el amor y la consciencia de nuestra diversidad humana, y desde el respeto a mis elecciones y a las elecciones ajenas. También atreverme a recibir a todas las versiones que rechacé de mí, por el dolor que implicaba verlas con honestidad. Permitir que salieran de la sombra, sanar las heridas que hicieron que las haya escondido hasta de mi misma, con compasión por las circunstancias en que viví o actué desde esos lugares. Aceptar que todo lo que ha sido, no ha podido ser de otro modo, y que hoy sí, luego de tanto andar, puedo seguir, salir de cualquier “no puedo” o empequeñecimiento que antes me haya dominado.

Ha sido también experimentar momentos de tremenda soledad, de habitar lo abismal, de sentir que se agota mi fuerza… Dejarme morir una y otra vez hasta comprender que vida y muerte son parte de este ciclo de existencia, que al parecer no se detiene. Aceptar el misterio, aprender a sostenerme y dejarme sostener por la gran madre y su energía disponible permanente; aceptar mi verdad más profunda, esa que sabe que venimos a experimentar, que seres de en otras dimensiones nos guían si los dejamos, que estamos bendecidos, que somos parte de un mundo invisible que está vivo y activo en cada momento. Que las plantas y las piedras están tan llenas del gran espíritu como nosotros los humanos, y todo lo que en este cosmos existe. Que las montañas y el río me hablan si me silencio y me dispongo con apertura a oír su mensaje, que el cielo me responde cuando pregunto y la tierra me acuna cuando necesito cobijo.

Empoderarme ha sido ir sacando todas las capas de duda y temor acerca de quien soy y lo que vine a hacer acá. Llorar por todo el tiempo que dudé de mí o de mi camino, sentir el dolor de no creerme, reconocer el profundo anhelo de un masculino firme, presente y disponible, que a ratos se convierta en alero, para permitirme la entrega completa y confiada, de la docilidad natural de mi ser tierra.

Ha sido un camino arduo, con enormes desafíos. Seguir un llamado interior, caminar a ciegas siguiendo la luz de mi adentro que a veces apenas ilumina lo propio. Ayudarme con la sabiduría de los antiguos, que siempre agradezco. Dejar que el amor me lleve, seguirlo sin saber el final. Liberarme de memorias y creencias que acumulé durante miles de años, en mi propio recorrido almico; y de las cargas que tomé y no eran mías. Aprender a seguir lo que se me presenta, saber que estoy participando de esa creación que se manifiesta ante mí, ver las consecuencias de mis elecciones previas, mirarme con honestidad, hacerme responsable, no huir.

Retomar mi poder ha sido aprender a conectar con la fuente de vida y perseverar en eso, porque va y viene, porque el hilo se sigue cortando a veces de pura costumbre, saber que el camino no para porque somos infinitos y que hay aspectos inexplorados de la experiencia humana en la tierra, que la expansión llama.

Retomar el poder para ejercer soberanía en mi propia vida, es recordarme a diario que soy parte de la naturaleza, dejar que su maestría me guíe, espejarme en ella, reconocerme completa, abundante, sin falta, en ciclos armónicos, como ella. Y sentir gratitud por todo eso, sonreír por todo eso, sentir el corazón palpitar colmado de amor adentro, la serenidad del no desear, respirar fluido, restaurarme, asentar mi raíz, instalarme en mi cuerpo, habitarme en presencia total.


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