La expansión de la consciencia y el arte del buen vivir… sin palo santo ni viajes a la india.

“A medida que aumenta tu consciencia, aumenta también la libertad que permite a tu verdadero SER desplegarse y brillar cada vez más su propia luz”

Hoy vi en mí lo que es el egoísmo en términos profundos, al menos más profundo de lo que hasta ahora había visto. He visto manifestaciones de él muchas veces, pero solo en esta oportunidad, me parece haber visto realmente ese fondo, es ese tipo de ver que te saca del espacio/tiempo habitual, del mundo del intelecto y las palabras, ese tipo de ver que implica el abandono de todo territorio conocido, el habitar un espacio de silencio, suspendido en una especie de paréntesis del ajetreo mental, y sostenido en el cuerpo que delata la experiencia a través de la sensación. Esta vez fue el egoísmo, pero no es ese el punto, han sido muchos y variados aspectos los que he ido “viendo” a lo largo de los años; el punto es la experiencia maravillosa de verse a uno mismo, de la capacidad que tenemos para ser conscientes, de la posibilidad que tenemos para transformarnos. Así es que, gracias egoísmo por haber inspirado esta entrada que hoy quiero compartir.

Hablo de ver y cuando digo “vi” algo en mí, hablo de ese “ver” que significa darte cuenta. En el darte cuenta no hay juicio, es sólo desde la contemplación que puedes darte cuenta… Esa contemplación ocurre sólo si antes permites que la experiencia ocurra en ti, sea cual sea. No puedes contemplar algo sin permitir que ese algo suceda. Parece obvio, pero en nuestra experiencia cotidiana no es tan obvio, pues acostumbramos a reprimir o coartar mucho de las experiencias. De hecho, tendemos a coartar rápidamente aquello que desconocemos, tememos, o evaluamos desde cualquier prejuicio: “esto es tonto, no tiene sentido, es peligroso, es malo, es pecado, es muy loco, no corresponde, etc”.


“La contemplación es trascendente, desde ella accedes a La verdad interior, a tu verdad, a tu voz interior.  Esto es algo para tener presente siempre, especialmente cuando necesitamos silenciar las voces confusas de nuestra mente imparable”.

Es en medio de la experiencia fluida y libre que ocurre el darse cuenta, no hay juicio alguno ahí, no debe haber juicio para que puedas darte cuenta, sólo observas cómo funcionas, observas una tendencia, por ejemplo: siempre en mi relación con “x”, ocurre tal cosa; o, cada vez que empiezo algo nuevo, ocurre tal cosa; o, cada vez que conozco a una nueva persona, me ocurre tal otra.

Necesitas observarlo para comprender, mirarlo una y otra vez, hasta que de repente, ya no sólo ves el comportamiento, la manifestación concreta en tu día a día, sino que también te das cuenta de lo que está en el fondo de eso, lo que lo origina. Entonces ves lo que ha estado oculto a tu conciencia, por ejemplo, miedo… miedo a que no te quieran, miedo a ser mal evaluado, miedo a quedarte solo, miedo a no ser capaz, etc. Ese paso hacia “el fondo”, ocurre inevitablemente si te observas de manera constante y sin juicio. Tus capas de protección, esas que no te dejan ver el fondo, están ahí porque te juzgas, porque te maltratas. Si no hay juicio ni maltrato, entonces ellas ceden, abren el paso… te muestran lo que hay, y cuando lo ves, algo mágico ocurre. En el instante que lo ves ya estás en transformación, ya estás liberándote de eso. Es algo así como enfrentarte a un fantasma del que siempre huiste, que percibiste como un gigante en tu espalda y que pierde todo su poder cuando te atreves a mirarlo de frente.

Eso es expandir tu conciencia. Es en la vida cotidiana, en la relación con los otros, en el ser en el mundo… Es en ese vivir,  que el ejercicio de atención plena (la presencia), nos va llevando al darnos cuenta. Ser consciente de algo, es darte cuenta de algo.

En la expansión de la consciencia no hay intelecto, en ese preciso instante que lo oscuro se ilumina, no hay intelecto, hay presencia total, estás ahí en ese momento viendo eso, desapegadamente, a cierta distancia, la suficiente como para ver sin desconectarte de tu ser, entonces sabes que eso ocurre en ti, y a la vez, que no pertenece a tu esencia. Cuando eso ocurre, de algún modo sales de un espacio psíquico, interior, sales de un sito desde donde has estado viendo el mundo y te sitúas en otro, uno nuevo, uno desconocido, que no sabes dónde te llevará pero en cuanto llevas algún tiempo en la práctica de este ejercicio, tienes la certeza de que es uno más iluminado.

El preciso instante en que lo oscuro se ilumina…


Entonces, sea lo que sea que estés viviendo, déjalo ocurrir, permítete sentir en su totalidad la experiencia.. por más dolorosa o desagradable que pueda ser, eso significará incluso volverte loco/a en muchas ocasiones, perderte, revolcarte en lo más oscuro de tus pasiones, aterrorizarte, sentir lo perecedero, la muerte en cada célula de tu ser… y toda la gama de manifestaciones posibles, propias de la condición humana. Según sean tus características será más o menos terrible, más o menos dramático o intenso. Pero como sea, es ahí, en la aceptación de lo que nos ocurre a este nivel mundano, encarnado en este cuerpo que incluye emociones, sentimientos, modelos de conductas, modos de ver el mundo transmitidos de generación en generación, memorias inconscientes de linajes, el propio recorrido de tu alma y su manifestación terrenal; en la aceptación de todo eso es que se hace posible observarnos y comprender.

Para poder observar es preciso aceptar que todo eso que suelo catalogar como “feo o malo”, también soy yo, porque sí, arrastramos lo feo y lo oscuro también. Es parte de la experiencia de vida. Sólo cuando acepto eso puedo observar, cuando observo puedo empezar a comprender, cuando comprendo, (me) acepto, y cuando me acepto, me transformo. Vivir en atención, es vivir despierto, es vivir consciente, es hacerme cargo de mí, es tomar la responsabilidad que me compete en la construcción de mi propia vida.

El observarte sin juicio te lleva inevitablemente a descubrir aquello que origina tu conflicto. Tu conflicto siempre es contigo, observar al otro sólo tiene sentido si lo usas para volver tu mirada hacia ti mismo, y esto debes hacerlo cuántas veces sea necesario, te puedes pasar la vida en eso incluso, si te decides a hacerlo ya estarás en el camino de construir la paz. Si anhelas paz, entonces necesitas observarte, necesitas contemplarte, darte cuenta y aceptarte… desde ahí la transformación, y desde ella, la paz.

La paz ocurre cuando la construimos en nosotros mismos – como adentro, afuera-

Como el conflicto siempre es con uno mismo, entonces nuestra única labor permanente ha de ser observarnos, estar atentos, presentes, comprender. Pasa que nos atrapa la inercia del funcionamiento y dejamos de ver, caemos en la trampa, culpamos al otro, a cualquier otro -el sistema, la pareja, el jefe, la madre, el padre, el vecino-. No es cierto. El otro es el que es. Si hago mi trabajo para construir y mantener la paz en mí, eso ocurre afuera también. Con todos los que me rodean. Vivo en paz, aporto paz, no genero conflicto. Habrá veces en qué no lograré mantener la paz, que pasaré por la guerra.  Si ya la conozco, sé los costos feroces de ella. La guerra en el mundo hace evidente esos costos.

Cuando observo, especialmente cuando me observo, es que comienzo a vivir conscientemente y sólo entonces puedo hacerme cargo de conducir mi vida hacia donde quiero y puedo vivir del modo que quiero. Sólo desde la conciencia es posible la libertad y el buen vivir. Si quiero paz, si quiero vivir en armonía, necesito tomar esa responsabilidad.

La consciencia de mi mismo, es la posibilidad cierta de aprender el arte del buen vivir. Para ser consciente de mí necesito una actitud curiosa y amable, sin lo amable no es posible. Cualquier otra emoción impide la visión clara. Sólo el amor permite la atención, y sólo la atención permite ver claramente. Entonces puedes dedicar una gran parte de tu tiempo a esta tarea, eso es vivir presente. Atención, presencia, contemplación, darse cuenta, comprensión, amabilidad, curiosidad. Todos estos aspectos están latentes en la trama del traje humano que somos, podemos hacer uso de ellos en favor de nuestro buen vivir.

Cuando hacemos el ejercicio de observarnos constantemente, nos damos cuenta del poder que tenemos para transformarnos, para sanar, para eliminar lo dañino, para tomar lo que nos sirve de nuestra herencia humana, para vivir como queremos. Cuando hacemos este ejercicio constantemente, con las cualidades que he descrito, empezamos a habitarnos desde el amor, entonces todo lo demás en nuestra vida se empieza a teñir de amor, todos nuestros actos nacen de ese lugar, damos forma al amor… cada día damos forma al amor. 

Es un camino, como la vida… un proceso que se despliega y repliega, que tiene sus ciclos, es importante respetarlos, soltar el control para hacer la tarea en lo propio y para distinguir los momentos adecuados para cada tarea. El camino es propio; y también necesito al otro.  Es una dualidad ineludible de lo humano. Lo yin y lo yang; lo firme y lo suave; mi camino, el camino de todos. Caminar con otros sin perdernos en el otro. Parece una paradoja, pero la posibilidad de vivir en paz y amor con cualquier otro, implica  la firmeza y fidelidad a mi propio camino. 

El camino que se despliega mientras vivimos… no sabemos que trae, lo seguimos, respondemos, nos encontramos con otros, compartimos y seguimos firmes y fieles el propio.

El Amor a nuestra condición humana de eternos aprendices, la posibilidad de oír con claridad la propia voz interior, y la honestidad con uno mismo,  parecen jugar un rol clave para estar alineados con la vida y responder al momento. Estamos siendo llevados por la fuerza de la vida, esa fuerza nos invita a desarrollar nuestro potencial humano y divino. Sea cual sea el paso, la decisión, la resolución, esa energía no para. Ensayo y error, aprender viviendo, saber distinguir cuando es momento de retirarse, de descansar, de organizar, de contener, de dirigir. Para todo hay un momento. Para todo hay un tiempo.

El arte de vivir es algo que debemos aprender como raza. Estamos colectivamente en eso, estos tiempos son propicios para ese aprendizaje, para que esa transformación ocurra.  Todo está dado para que se ilumine lo dañado. No quiere decir que estemos peor, quiere decir que está entrando luz -me dijeron por ahí- y lo creo. Cada uno está haciendo la parte que le toca, cada uno es libre de hacer o no el trabajo. No hay imposición alguna en esto, hay libre albedrío.

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